Antonio Nazzaro

 

Los vision book cuando el arte se hace contemporaneidad

 

 

Caracas – Unos de los creadores de los vision book Antonio Nazzaro, empezará el próximo viernes 12 de julio en los espacios de la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), el taller de video arte:“La imagen icónica fluctuante. El video: desarrollo y videoarte”. El curso se dictará los días viernes en horario de 6:00 p.m. a 9:00 p.m. y tendrá una duración de tres meses.

Umberto Galimberti afirma, desde la página de una conocida revista italiana: “Así como el amor es la figura más fascinante y arrolladora de nuestra dimensión irracional, razonar sobre las cosas del amor significa enfriarlas o darse una razón para algún abandono repentino”.

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A. Nazzaro conferecia en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas

Parto de esta consideración y me dispongo a comentar ese enorme caleidoscopio de emociones enmarañadas que constituyen el lenguaje artístico del escritor, poeta y creador de videos “venezolano de Italia”, Antonio Nazzaro.

Porque, y que sea bien claro, cuando se habla de arte, bien visivo, sonoro o escrito, se habla siempre de amor.

Amor añadido, sustraído, ausente (por lo tanto en defecto), demasiado presente (por lo tanto en exceso que llega a ser de nuevo en defecto), amor malinterpretado, equivocado, esquivado, interpretado, proyectado, amor lejano o tan cercano que no se logra siquiera verlo. Un amor roto, discontinuo, que corre veloz, no se radica y hiere; amor que se superpone repetitivo, imaginativo, visionario, paranoico; un amor que discurre a través de encuadres veloces en el límite de lo subliminal.

Imágenes que embisten como una cachetada, que golpean y aniquilan como una descarga eléctrica, con un dolor imprevisto y fortísimo, o como una pérdida parecida a un luto que no elaborado, continúa a aullar dentro.

“El Grito” de Edvard Munch, por lo tanto, pero en una edición revisitada en el caso de Antonio, no es exactamente una calavera casi privada de signos personales la que grita, sino un niño (¿el propio Antonio?) que usando los instrumentos precisos de orden visual- literario del Antonio adulto, busca espacios, ventanas, precisamente encuadres desde los cuales asomarse y gritar, para ver, pero sobre todo para ser visto.

Entonces, en la “Consecutio temporum” imaginaria y delirante de los encuadres, recortados de citas clásicas (se va desde Dziga Vertov y el cine de los años treinta, pasando por Stan Laurel y Oliver Hardy, pasando por Kubrick, Pasolini, Fassbinder, Wenders, hasta el cine argentino contemporáneo, mezclados a clips televisivos), en el vórtice del remolino, en el carrusel enloquecido está la propuesta de un dolor que, en los trabajos de Antonio Nazzaro, se muestra obsesivo, redundante y retornante, porque privado del tiempo, congelado en la intangibilidad atemporal de un dolor que no tiene contención ni acogida, sino en su misma expresividad poética para algunos cuna natural de la elaboración del dolor.

Un dolor que envejece, quizá, en la inercia ineludible del transcurrir del tiempo, pero que permanece en su congelamiento. No madura, permanece niño.
Por analogía, pero también por contraposición, me viene a la cabeza otro ilustre creador de videos: Bill Viola.

Si en los vision book de Nazzaro hay una aceleración obsesiva, en Viola hay una lentitud exasperante: la imágen “mantra” (y recuerdo que el mantra puede ser también una única palabra repetida hasta la desaparición de la misma), la imagen que atrapa e induce a disminuir la velocidad, casi hasta frenar la carrera, a pararse, pero nunca del todo, hasta trasladarse allí donde quiere el artista: la catarsis a través de golpes de efecto, lo imprevisto que improvisadamente se desvía y se hace solución “un coup de théatre”; Viola, en su construcción pictórico-estructural, transfigura el Renacimiento italiano, mejor dicho, el Manierismo, más en el especifico Pontormo.

Por este motivo, Cesare Vivaldi, escritor, poeta, crítico literario y de arte, docente en la Academia de Bellas Artes de Roma, identificó justo en el Manierismo los señales de aquella suspensión, aquel congelamiento atemporal que desembocó, cuatro siglos después, en ese robusto movimiento que caracterizó el siglo XX: La Metafísica.

En los paisajes de De Chirico se cierne pesantemente el silencio vacío de las plazas italianas, casi hechas desiertas por un trágico éxodo silenciado; en Bill Viola las figuras se mueven al ralentí, casi frenadas por el peso de su propia existencia; en Nazzaro no, al contrario. Está el carrusel moderno y contemporáneo, estridente, contradictorio, inhumano, rebosante de un vacío sin sentido, donde la pérdida es dolor, luto; y hay confusión, compulsión, ruido, palabra, voz (esa rica, densa, cautivadora e incluso a veces átona, modulada de Ezio Falcomer) desde la cual, la imagen parece surgir; y de nuevo ruido, música perturbadora, estridente, como en un centro comercial cualquiera de la peor periferia de una cualquiera situación urbana y suburbana, en el cual se emite incesantemente música, desde luego no dirigida a reencontrarse a si mismo, a la reflexión sobre si mismo, sino a la anestesia de los sentidos, para desarrollar una compulsividad sin crítica y sin razón hacia la compra obligada. Una anestesia por lo tanto de los sentidos (justo lo contrario de la belleza), lo que no puede más que reconducir a la posterior pérdida del sentido de la existencia.

Si para Marc Augé, los “no lugares” son donde el ser humano pierde su condición de individuo, en los vision book de Antonio Nazzaro y Ezio Falcomer, todo lo que es connotado obsesionan y extrañan en su excesividad; se vacía de repente y se desvela en una dimensión, otra de la habitual y familiar: es el concepto de la memoria freudiana del “Das Unheimliche”, el “perturbador” que surge allí donde se presenta una coacción a repetir. La repetición desesperada, es decir, obsesión.

En Viola está la seguridad de un lenguaje iconográfico áulico, cierto, estratificado y consolidado por el escalafón cultural internacional, para inscribirse en un movimiento entendido como patrimonio mundial: El Renacimiento italiano.

En Antonio Nazzaro no hay más certeza que el polvo levantado (y comido) por los remolinos, vértigos desestabilizadores, que presenta la vida contemporánea, desenmascarando cada tipo de seguridad: por lo tanto, infiere, corta, vuelve a coser, descontextualiza, descoloca y subleva. Y no hay ninguna manija a la cual agarrarse para encontrar estabilidad, admitiendo que éste sea el fin último de la narración de Nazzaro.

En Viola hay un silencio eclesiástico (vista también la elección de los temas) que enfatiza las figuras en el movimiento lento; en Nazzaro, la aceleración salpica en hacinamiento por saturación (si hablara de escultura elegiría el término “acumulación”). El estrépito de las imágenes muestra lo absurdo de lo cotidiano, el camuflaje de lo anormal que pasa a través del habitual, porque compartido, “sentido” de la normalidad, pero que en realidad desemboca, como ocurre a menudo, en una monstruosa inhumanidad.

La voz inigualable de Ezio Falcomer, el “yo narrador” sin el cual, quizá, los vision book nunca hubieran nacido (en la narración se vuelve, cada una de las veces, desprovisto de tono, o canturreante, alcanza tonos agudos, casi en falsete, para después volver a caer en sonidos más viscerales); una gran capacidad interpretativa la de Falcomer que subraya y exaspera, como una tiza que chirría en la pizarra, el efecto desorientador del que los vision book son, según mi opinión, portadores.

Si Bill Viola, en sus videos, trabaja sobre la solidez de un lenguaje iconográfico consolidado, en la obra de Antonio Nazzaro y de Ezio Falcomer, se desvela sin omisiones, todo el desorden que se esconde tras lo preestablecido, a lo preconfeccionado, a lo preestablecido, desestructurando la semántica con la que y por la que dichas imágenes han nacido.

Nazzaro, por lo tanto, desvela una trampa y apunta a la solución de un equívoco de fondo.
En el recorrido callado de la alfabetización renacimental-manierista, propuesto casi como un axioma irrefutable del pensamiento único, Antonio Nazzaro opone el caso de la multiplicidad de los puntos de vista (Picasso, genialmente, ¿no propone quizá lo mismo con la irreverencia detonante del Cubismo?).

Y es en esto en lo que se lee la propuesta cultural y didácticamente alta de Antonio, y por ello le agradezco, desmontar, deconstruir, romper con valentía, humildad y honestidad intelectual, dotes que pertenecen a nuestro poeta Antonio Nazzaro, y patrimonio moral de muy pocos. Para entender, orientarse y reconstruirse dialécticamente en la dimensión caótica de lo actual.

Antonio Nazzaro, a través de su obra, es más que actual: es absolutamente contemporáneo.

Traducción al español de María de la Cruz

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